2007-06-28 1360 lecturas
Nano Acevedo
especial para G-80
El tren al sur del Compañero Allende
De joven me hundía en la torrencial lluvia del Maule. Viajaba allí a morir. Adoraba sus andenes anochecidos donde nos salía al paso una tonada, caballos de invierno y copas ahora vacías que escanciábamos urgentes. Molina fue una estación prohibida, las guitarras se anudaban al discurso lacre y la encomienda amorosa. Allí dejé mi mocedad salvaje y un puñado de cantos como “Oda a una maestra rural”, silueta fantasmal que ahogó el otoño. Nadie sospecha que cientos de carillas escritas en ciudades extranjeras se domiciliaban en esos campos, tejados rojos en medianoche y una guitarra sola que aún suele penar en abril su romance guillotinado por el miedo.
Así el sur, siempre caló hondo en la zurda. Las giras de los cantores de la Unidad Popular eran verdaderas fiestas del pueblo. El tren de la cultura que el presidente Salvador Allende encargó a Waldo Atías, Felipe Ravinet y Arturo San Martín Bello fue un impacto social de proporciones. Durante un mes actuamos cada día en tres funciones gratuitamente en teatros, gimnasios y a pleno campo si era necesario entre Puerto Montt y Santiago.
Las guitarras de Dávalos y Cherubito dibujaban su fina armonía junto al Calle-Calle. Osvaldo Madera venía trovando desde hace mucho. El “Rauquén” de Adolfo Gutiérrez mostraba su prestancia salonera. Bruce y Feito hacían reír con maestría. El Ballet Popular de la inolvidable Rayén Méndez encantaba. Rolando Alarcón y Los Emigrantes hacían cantar al pueblo. Y mis bríos de cantor aporreaban las “seis cuerdas” en el cierre con “No nos moverán” que irrumpía en las noches y madrugadas sureñas, como la rúbrica al sueño de los pobres de Chile.
Actrices y actores como Silvia Santelices, Peggy Cordero, Amelia Requena, Pedro Villagra, Adriano Castillo, Sergio Buschman y Norma Lahourcade y escritores como Edmundo Herrera y Armando Casígoli, viajaban en ese tren al sur que fue nuestra casa inolvidable en el verano del 71. Los espectáculos integrados habían sido producidos artísticamente por el ojo de mimo de Enrique Noisvander. Y como si todo esto fuera poco, el maestro Omar Rivoira hacia latir los corazones con su piano tanguero.
No ha existido jamás empresa semejante. Recuerdo que una noche en una estación de pueblo nos avisan que la gente se haya hace horas esperando el espectáculo. Allí no debíamos parar y era la una de la madrugada. Nos quedamos mirando, artistas y productores. Y así sin palabras comenzamos a descargar la tonelada de equipos que precisaba el show. Dávalos, Rolando, Rivoira, las actrices, todos, hicimos de utileros y nadie quiso restarse, el recital completo terminó a las cuatro de la mañana.
Lota nos festejó con sus pasadizos de carbón, Valdivia y sus barcos de humo. Linares y la espiga desmayada. Angol y el asombro de fuego en la piel. Temuco y el pitazo bajo la madrugada en lloviznas. Chillán y sus mercados bullentes. Los Angeles y esos bares mágicos donde con el poeta Contreras Lobos solíamos llenar las servilletas con poemas.
Ese tren aún pita su alborozo en las madrugadas sureñas. Todavía se abre un balcón en la antigua Talca para recibirnos furtivos. En los patios se escucha el “Ojalá” de Madera y la “Canción de la noche” de Rolando. Una joven maestra rural sale de la calle “Agua Fría” con una carta que escribí en Sofía. Y el querido gordo San Martín- que partió hace tiempo- parece decirme “Ya flaco, cámbiale las cuerdas a tu guitarra”.
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