Columnas
2014-11-26
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Victoria Aldunate Morales
especial para G80

Violencia y cruces...: El machismo mata, el racismo también

En memoria de Javierita Neira Oportus, asesinada por ALFREDO CABRERA OPAZO en un hecho de violencia contra su ex pareja y madre de Javierita, Claudia.



A 9 años de su femicidio, “ella sigue moviéndose como una diosa de agua, en el recuerdo de quienes la vimos bailar alguna vez (Angeles Mastretta)”.

Las presentaciones que hacemos a menudo en estos eventos podrían no ser reflejo de una diplomacia absurda y un listado de títulos tipo nobiliarios que a veces denotan más que saberes, “movilidad social” como se define hoy en día aquello que yo aprendí a nombrar como clasismo y arribismo.

Tal vez originalmente las presentaciones se propusieron para que honestamente reconociéramos desde donde realmente hablamos, y así no engañar a nadie haciéndole creer que lo que decimos es “la” positiva “verdad” cuando en realidad lo que transmitimos es lo que concluido individual y colectivamente desde un cuerpo, una memoria política, un territorio y biografía. Muchas y muchos lo sabemos, otros y otras lo ignoran u ocultan bajo la objetividad y el academicismo.

Compañeras, lamngen, compañeros, me presento: Soy lesbiana feminista, autónoma; asumo una identidad de mujer de color -no blanca- porque ser blanca como ser heterosexual y normativa son elecciones políticas y no genes. Yo elijo políticamente ser lesbiana y mujer de color, champurria (mestiza).

Soy madre de una hija de 24 años, he abortado dos veces, soy ex presa política de la dictadura, sobreviviente; he vivido violencia en pareja y de parte del E$tado de $hile.

Soy pobladora de una población trabajadora del Sector Norte de la Capital y trabajadora asalariada. Tengo dos oficios, escritora y terapeuta y trabajo en una Comunidad Terapéutica en una población aún más pobre que la mía, en La Pintana de Santiago. Desde estas vivencias, entre otras, hablo.

La “Violencia Cruzada” NO EXISTE, las cruces sí y son millones en todo el mundo.

La visión de la “Violencia Cruzada” me parece básica y simplista. Una mirada  “episódica”, al menos superficial, que no logra percibir procesos del cuerpo, la memoria, el territorio y la biografía. Sólo ve la imagen congelada. Es una mirada tan pretenciosa que ni siquiera acepta estar inmersa en una realidad heteronormativa, es decir clasista, racista, homofóbica, sexista, lesbofóbica, especista y finalmente piramidal.

¿Que por qué la heteronormatividad es clasista? Porque se basa en mantener a una clase de seres humanos, las hembras, bajo dominación.

La mirada de la llamada “Violencia Cruzada” es una mirada que no logra distinguir vivencias propias porque ha sido desarmada para la rebeldía.  Puedo explicarlo con una frase que decía mi abuela mucho más asertiva que toda esta jerga entre academicista, postmoderna e intelectual: “Los peces en el mar no saben que están mojados”.

Reconozco que siento rabia con los expertos de Violencia Cruzada. Y es que a los peces una los comprende, a las vecinas también, a su mamá más todavía… pero es muy distinto cuando la ignorancia desfachatada surge de disciplinados, acartonados y asépticos expertos, intelectuales, académicos… Ahí me bulle el resentimiento de clase que es un proceso íntimo y profundamente político, en el que me hago responsable de una mirada estricta: cero permisividad con galapanes (burócratas en mapudungun) arribistas que ya no elaboran sus propias vivencias porque si lo hicieran lograrían ver y saberse inmersos en la pirámide, penetrados por aquello que las feministas europeas nombraron como Patriarcado.

El Academicismo es colonialismo, blanquea, crea una simbólica que descarta, bloquea, no procesa la existencia material. Y la existencia material es la que sin lugar a dudas nos da señales potentes sobre la Violencia Estructural en lo íntimo, lo personal y lo público, en lo individual, lo comunitario y lo estructural.
Lo peor de todo es que el “experto profesional” que funge de saber –“conocimiento objetivo”- marca nuestras vidas con una supuesta sapiencia que nos permea, desarma y destruye.

Desde ese atropello surge la mujer que declara convencida en el servicio público: “Soy depresiva”, “Soy bipolar”, “lo mío es violencia cruzada”, “violencia intrafamiliar…”, “lo mío es sólo violencia psicológica”… Aquella compañera corre el gran peligro de quedarse encerrada en un lugar estancado y eterno, atrapada por la prepotencia experta.

Elaborar la Violencia

Para elaborar la violencia no me basta y muchas veces me sobra haber pasado por universidades blancas, europeas, coloniales exportadas a nuestros territorios. (Una institución más de las que nos deparó esta invasión que no cesa).

Para elaborar la violencia siento y pienso, vivencio y tomo conciencia. Necesito ser capaz de cosas que no son puro lenguaje. Muchas veces el lenguaje no me permite nombrar la elaboración de la violencia, porque es limitado en comparación a la vivencia. (Y tal vez también porque es ajeno, un idioma extraño asentado en este territorio. Escribo y hablo en español por despojo de otras lenguas, ante la amenaza de quedarme muda… y también con el placer de la apropiación territorial y popular que hemos hecho de este idioma…).

Es el cuerpo vivenciado, su memoria con las otras y los demás, el que me permite elaborar la violencia y comprenderla para intentar purgarla, enfrentarla, expulsarla y de alguna manera mínima, nombrarla. No por nombrarla no más, si no para comunicarla, para desculpabilizarme, respirar mejor, repleta de matices cotidianos, nombrando lo que puedo y sintiendo profundos dolores sin nombre.

Preciso hacer memoria del cuerpo y del territorio y también mirar más allá a otros territorios, a otras seres humanas –lejos-, que al verlas, todo se configura claro. Mirando a otras a la distancia podría llegar a ver aquello que siento muchas veces en lo íntimo. Podría lograr comprender lo absurdo de la dicotomía occidental que afirma ese artificio de “Lo Público y Lo Privado” (dimensiones que en esa comprensión se opondrían y jamás se fundirían, como si fuesen agua y aceite).

Importante también es que haciendo memoria del cuerpo y el territorio, y viendo a la distancia, muchas veces puedo tomar conciencia de la indiferencia blanca aprendida que me “civiliza”.

Y es que una mirada a la distancia no es lo mismo que una mirada distante. No es “objetividad”, “neutralidad”, no es el relato analítico del colonialista científico que observa curioso y superfluo al animalito en su hábitat, o que lo encierra insensible en una jaula y lo vivisecciona para hacer sus notas con las que luego se va a lucir.

Mirar a la distancia puede ser ampliar el horizonte y ver a las otras desde el sentir, o sea desde el cuerpo, desde la memoria propia territorial para interpretarlas y sentirme en su pellejo mientras voy quitándome lo anquilosado de la misoginia que me inocularon.

Sé que digo estas cosas desde un territorio estructurado por la Colonialidad, o sea por esa lógica de dominio en el mundo moderno/colonial que trasciende el hecho de que el país colonial sea España, Inglaterra o EE.UU.(Mignolo 2005). Sé que estoy inmersa, sé que hablo vulnerable y vulnerada desde un pueblo colonizado, desde el lenguaje limitado que me impusieron, desde aquello que llaman epistemología y resuena en mi cabeza desde la universidad, desde lo que leí en prácticas institucionalizadoras.

Pero también aprendí en la calle, en la cotidianidad, en la militancia política popular de mi madre y mi padre; en el activismo propio que me ayudó a desarmar el arribismo normalizado, y desde toda esta vivencia afirmo que la Colonialidad en nuestro Territorio y en otros territorios invadidos y devastados, nos obligó a la Generización no sólo como un hecho subjetivo coincidente con la moral cristiana, si no antes que ello, como la condición material básica para la obtención del dominio estructural.

Tomo prestado –y expreso desde mi entendimiento- algo de lo que los intelectuales de Abya Yala han elaborado como Colonialidad del Poder. Pero es importante decir que el cuestionamiento a la Colonialidad del Poder no es necesariamente problematización de la Generización del Poder (María Lugones 2008). Es decir, plantear la Colonialidad del Poder como invasión,  dominio, racismo, puede no alcanzar a ver y a denunciar la Generización como un proceso material producido, imprescindible y coherente con los intereses de clase de una clase dominante para desarrollar la propia Colonialidad del Poder. Plantear la Colonialidad del Poder podría constatar a las “mujeres” como existencia “natural” dentro del proceso histórico cuestionable de invasiones y sometimiento a los pueblos ancestrales de estos territorios.

Visión Orgánica del Mundo

Pienso y vivencio que la Generización de las hembras es la condición básica para lo que llaman Colonialidad del Poder.

Colonialidad del Poder es Dominación, un sistema asimétrico, jerárquico, estratificado y segregacional que necesita de castas-razas inferiores que lo sostengan.

La Dominación requiere en primer lugar de la racialización-colonización de las hembras para un ejercicio generizado y heterosexualizado del poder. Este es el ejercicio que garantiza el Modo de Producción Doméstico que coexiste con el Modo de Producción Industrial (Christine Delphy 1970) que se basa en el uso sin costo de la fuerza reproductiva y productiva de las hembras, a las que muy convenientemente en lo que respecta a la explotación, se nos define como “mujeres”, incluso si no somos blancas.

Y no hablo sólo de una memoria capitalista, el Modo de Producción Doméstico -como le llamaron las feministas materialistas- es precapitalista, capitalista, socialista, postsocialista y neoliberal.  Es un Modo de Producción que exige a las “mujeres” de color y a las mujeres empobrecidas de cualquier parte del mundo, un rol distinto al de las mujeres blancas y burguesas y al de las mujeres que actualmente acceden a la clase política, institucional y/o académica. El nuestro es un rol productivo y reproductivo doble y triple; para ello un rol heterosexualizado, siendo también las mujeres en sí mismas, fuerza de trabajo impaga y cuando es asalariada, de menor costo para las patronales, que la fuerza de trabajo de los varones.

Las mujeres de color y empobrecidas somos las que sostenemos la economía global. Somos No Hombres “especiales” para el trabajo duro, para parir sin límites y reproducir la sociedad. Las “esposas” de color deben ser productivas para el varón que las desposa o las toma como “su” mujer o “sus” mujeres.

Las esposas “deben” producir equilibrio cotidiano, higiene, alimentación, mejoras materiales y económicas, también bienes para el sostenimiento de la cotidianidad y bienestar emocional al varón y su entorno familiar de origen; entre sus obligaciones, dichas o tácitas, se encuentra atender las eyaculaciones masculinas y reproducir su linaje, parir guaguas que a medida que crezcan serán también productivas, tanto para el patriarca individual de cualquier clase social en el sentido clásico marxista, como para cualquier estructura socioeconómica en que vivan, capitalista, socialista o comunitaria.

Para elaborar la Violencia considero que requiero antes que nada de una visión orgánica del mundo (Sergio Castro Gómez 2008), esa que se impone a partir de la experiencia corporal. Los cuerpos vivenciados, su memoria, su biografía no pueden encerrarse en la visión analítica del mundo. Es probable que ambas visiones –analítica y orgánica- puedan coexistir y que sean enriquecedoras para la comprensión, el debate, la re-creación del mundo. Sin embargo, cuando una manera de ver, la analítica, invisibiliza a la otra, le expropia sus saberes, la explota y la coloca en calidad de exotismo y/o “conocimiento alternativo”, el conocimiento dominante ya no puede dar cuenta de nuestras vivencias y de otras vivencias de otros seres apropiados. Y peor cuando el análisis ni siquiera reconoce en sí, lo que él mismo ha presentado como ejercicio del poder, y concluye de manera superflua que lo mismo dan los invasores que los invadidos, y que es relativo estar en el lugar del torturador o de la torturada; y que esto sería objetividad y justicia. Y luego los burócratas usan lo que el experto dice para hablarnos de “Ley Pareja”, Equidad, Igualdad de Oportunidades, Empoderamiento y Enfoque de Derecho. Ahí, el experto científico arrinconado por los avances del pensamiento occidental y sabiendo que el positivismo es altamente cuestionable hoy en día, propone la sabiduría de la Subjetividad donde casi todo podría, teóricamente (y simbólicamente), relativizarse, menos –claro está- “su” propia teoría, la única “probada con gran cantidad de variables”… y etcétera, etcétera.

Cuando se categoriza y se analiza, se resume, se reduce la vivencia material, corporal, biográfica, territorial, se esquematiza, y llega a borrarse la memoria.

Una muestra de esto es la categorización absurda de la violencia en “violencia física y psicológica” donde la “física” podría suceder sin la psicológica.

Hablan de Violencia “psicológica”, como si las demás formas de violencia no afectaran a la llamada “psiquis”. Como si el cuerpo no funcionara emocionalmente y los golpes, la tortura, el acoso, no afectaran SIEMPRE emocional y afectivamente. Como si lo “físico” pudiese aislarse en los cuerpos vivenciados de “lo emocional”, de los sentimientos, de las sensaciones, del ánimo, de los deseos. Como si pudiese definirse que dolor es algo físico, sin emoción o viceversa… Semejante desatino sólo puede surgir de un pensamiento dicotómico, que divide el cuerpo del “alma”, ese pensamiento que nos inoculó Occidente, la Colonia y su Religión.

Generismo

Dividir el cuerpo del alma es una movida política. Y también lo es la elaboración del concepto de Género en su dimensión vacía (a-política) y descriptiva. Ha sido un gran aporte al Liberalismo de parte del Feminismo institucionalizador, aquel que hoy está en los ministerios, gobiernos, E$tados, Fuerzas Armadas y de Orden, y en las grandes empresas trasnacionales.

Obviaron la Dominación, compusieron el relato de los Derechos Humanos, le corrigieron la letra a las Constituciones y les colocaron “Hombres y Mujeres” y hablaron de Ciudadanía; una ciudadanía, claro está, urbana, blanqueada, “patriótica”, criolla. Es un relato que pretende decirnos que somos iguales aunque nosotras, orgánicamente, sepamos que no lo somos…

Al decir esto recuerdo clarito la sonrisa burlona de una mujer que dejó a un marido para escapar del hastío. Ella es “mechera”, o sea roba en supermercados para vivir y consumir droga, suele autodefinirse feminista y se siente atrapada por el amor de un hombre que le enseñó a robar. Ella suele sonreír irónica, tiene carácter fuerte, jamás baja el moño ante la “visitadora” social, el alcalde o la “profesional”, y cuando le hablan de igualdad y derechos en silencio se dice: “¡creerán que soy tonta!”... Entiende que los derechos son mentiras porque la mentira sucede todos los días en su territorio. Hay mucha basura en las calles y esa naturaleza viva está grabada en su memoria de pobreza; su biografía da cuenta de miserias, anegamientos en invierno y una madre dependiente afectiva de un marido agresor y eternamente cansada mientras la criaba. Su cuerpo reciente la desigualdad de ser mujer pobre, ladrona de oficio, pastabasera, nombrada “puta” por abandonar al marido, y madre de unos hijos que ya no están a su cargo porque para el E$tado ella no merece criarles. Para el E$tado $hileno son los hombres con que ella ha estado los que merecen a las guaguas que ella parió. El primero es un obrero que tiene al niño mayor y fue su novio por años hasta que ella conoció a su marido e imaginó que éste sí la amaría (porque eso era lo que ella buscaba, que la amaran, igual que su madre -y ella lo sabe-). El segundo su –ahora- ex marido, padre de la guagua, también adicto a la pasta base y a la cocaína; este señor que –claro está- es hombre, lo que no es un dato menor, tiene una pequeña empresa de yesos en que la mujer de la que hablo, ayudó por años a trabajar, mientras a la vez, hacía el aseo, la comida, entregaba afectos y deseos, “pariéndole” además una guagua. A la semana exacta de que ella lo “abandonó” llevándose a la guagua y volviendo a la casa de su madre, llegaron los carabineros y se llevaron a la guagua porque había una orden del juez… Actúo rápido la justicia (¡cómo pocas veces!), se consigna que el marido también consume drogas, pero “menos”. El hombre, dice ella, tiene algunos conocidos en tribunales y otros, entre carabineros. Así, la mujer perdió a su guagua, se quedó sin casa y sin trabajo.

En un territorio donde ser mujer y buscar, a cualquier costo, el amor de los hombres -esa forma de reconocimiento social obligatorio- se nombra “trastorno de personalidad”; donde ser mujer pobre es peor que ser hombre pobre, donde mechear –robar pequeños productos en supermercados- es peor que el robo que nos hacen las telefónicas, los bancos y las patronales, donde las mujeres y los hombres empobrecidos se “angustian” con pasta base y beben un alcohol que tiene patente aunque mata de manera casi fulminante, ¡hay que tener mucha cara de palo para decirnos que somos iguales y tenemos derechos!

El relato de los Derechos no niega la miseria en el mundo y a la vez afirma que todas y todos tenemos acceso a los DDHH. ¿En qué quedamos entonces?... ¿Los derechos humanos son más derechos para unos que para otras?...

Tienen buenos discursos, enriquecidos por el “Género”. Su lenguaje no creo-modificó la realidad, pero la adornó bastante y se volvió generista. El Generismo no son sólo consignas vacías, si no toda una ingeniería que habla de: “Igualdad de Oportunidades, Equidad y Empoderamiento”, una propuesta pensada y elaborada con inteligencia y lógica. Un relato analítico muy conveniente para las clases dominantes… Conveniente para “llevar la fiesta en paz”, como suelen decir muchas mujeres cuando están cediendo a las exigencias matrimoniales.

¿Por qué la Equidad? Porque no es lo mismo que derribar la estructura impuesta por las clases dominantes. No es recuperar la riqueza y los territorios desde su concentración en las manos de una clase minoritaria y privilegiada. No, la “Equidad” y la Igualdad de Oportunidades, a veces son simplemente “bonos” que nos dan para vivir “de regalo”, de complacencia, de caridad, y que se complementan con créditos que pagamos durante muchos años.

La Equidad se configura con criterios como mercado, oferta y demanda, y cobertura.

El BID, Banco Interamericano de Desarrollo y el INDES, Instituto Interamericano para el Desarrollo, en su “Diseño y Gerencia de Políticas y Programas Sociales”, habla de la Equidad como un concepto asociado a la Eficiencia, Eficacia y Sostenibilidad.

No haré acá un análisis detallado (hay otros escritos donde lo hago), sólo diré que el Generismo es un engendro liberal-republicano que se combina muy bien:



Cuando leo bien las recomendaciones del Generismo sobre Ciudadanía, Equidad, Empoderamiento, noto que finalmente propone dejar que las instituciones masculinas y capitalistas como los E$tados y toda su Clase Política, y que las instituciones neoliberales y trasnacionales actúen para “mejorar” “humanizar” la sociedad. Al parecer las generistas imaginan que esas instituciones son capaces de resolver las contradicciones de su propio sistema; y no sólo eso, sino de hacerlo de manera “neutral”. Como juez y parte entonces, harían “cumplir los derechos”… pero sin cambiar las vivencias concretas y materiales de los pueblos en sus territorios, ni de las mujeres y sus cuerpos.

Hace poco un brillante y agresivo joven liberal decía en un debate en tevé algo así: “¿Qué prefieren?: Igualdad, pero escaso desarrollo, o desigualdad, pero desarrollo y posibilidad de movilidad social”.
Agradezco haberlo escuchado. No habría podido comprenderlo sin su didáctica intervención. Deduzco que en esa ideo-logía es preferible la Desigualdad pero con la promesa de que podremos lograr eventualmente acomodarnos en escalones sociales más altos. Algo parecido al antiguo sueño americano, pero más pragmático.

La Modernidad Neoliberal se puede dar el lujo de negarse y renegarse en la medida que tenga una Clase Política incluso conformada –excepcionalmente- por comunistas, mujeres e indígenas, que prometan que su ejemplo, o sea, la movilidad social obtenida por ellas y ellos –o por los futbolistas, que para el caso lo mismo da- está disponible para otras, para todas, aunque el costo sea la Desigualdad de las mayorías.

Informan sobre “derechos”, se lamentan de que no se cumplan, pero jamás desarman el control de los territorios, de los cuerpos, de las biografías y de la memoria. Asumen la generización, la heterosexualización, la racialización y la división en clases sociales como algo “lamentable” pero inamovible. No lo destruyen. Es justamente desde esta realidad estratificada, segregada, que se lleva a cabo hoy la Trata de Personas en el mundo como una industria global.

Por otro lado, la heteronormatividad tolera el matrimonio gay, o el AVP –ese guettho llamado “Acuerdo de Vida en Pareja”-, y cuotas de poder políticas disponibles para mujeres, “indios”, “negros” y homosexuales públicos…  y por qué no, ya vendrán políticas, declaradas públicamente lesbianas –lo controvertido será que Lesbiana es una definición política radical, pero eso no se explica cuando se coopta el lenguaje.

Desaparecen las víctimas

Hubo algunas complacencias de vuelta por los favores prestados del Generismo al colonialismo neoliberal: Leyes VIF, contabilización de femicidios, reconocimiento de la que llaman “Violencia de Género”. Y ahora nos dicen que desaparece el machismo porque “las mujeres han ganado mucho”...

¿Qué mujeres han ganado tanto?...
Las políticas, las presidentas, las diputadas, las senadoras, las gerentas, las generalas, etc.… (el acceso a la Clase Masculina, las ha colocado en otro lugar). Las demás no hemos “ganado”, más bien hemos resistido de maneras diversas, a veces con insidia y agresividad, y recuperado en algo nuestros cuerpos. Hemos gritado, denunciado, nos hemos enfrentado al Poder Colonial. Nos hemos defendido, tanto, que ahora nosotras somos “las violentas”. Y en los programas de la tevé que ven todas las vecinas –y que yo veo cada vez que puedo- siempre junto a un caso de violencia contra las mujeres, se presenta algún caso de mujeres malas madres, esposas “infieles”; y si se habla de mujeres muertas por sus parejas, debe matizarse con algún caso de mujer que asesina a su marido o alguna otra mujer psicopatizada –aunque las homicidas sean 1 contra 99-. Y si se muestra mujeres sin ropa, se exige hombres en la misma condición porque “para eso hay igualdad”.

Ya no somos víctimas. Antes tampoco lo fuimos porque la Violencia contra las Mujeres era invisible, y ahora que la violencia se ha reconocido en cifras, tampoco, ya que justamente gracias al generismo, “se estaría resolviendo”.

De ahí surge como hijo pródigo la famosa “Violencia Cruzada” de la que tanto hablan los profesionales de los servicios e instituciones que atienden personas por diversos motivos, incluidas las mujeres que acuden porque viven violencia.

Hoy, la desconfianza en la víctima pasó a ser más misógina que nunca. Y con un nuevo discurso de desvictimización y empoderamiento proporcionado por el Generismo. La culpa se ha trasladado desde “la culpa de provocar” a la culpa de victimizarse.

Me encontré con colectivas y con feministas tanto en Chile como en Bolivia, que fruncieron el ceño al oír hablar de Violencia Contra las Mujeres, considerándolo “un tema poco político y/o victimista” que centraba a las mujeres “en su ombligo”.

Y he intentado escudriñar en ese sentimiento de desagrado de muchas mujeres, incluso compañeras, ante las víctimas. Es un sentimiento que incluso a mujeres que viven violencia, las apresura a negar que sean víctimas y desde ahí a aminorar los hechos, disculpar los sucesos, encontrar su propia culpa para llegar a ser violentada, humillada y maltratada.

Es como cuando subrayan “sí, pero es sólo violencia psicológica”, como si ello disminuyera el daño.

Las víctimas hemos sentido vergüenza de serlo. Pareciera que la definición “víctima” es en sí misma peyorativa, evoca estupidez, debilidad mental y nuevamente culpa.

El punto es que no hay mujer que no sea víctima de violencia, somos sobrevivientes. Nacer hembra es ya motivo para ese trato, incluso si no te sientes mujer o si no naciste con útero, pero se te cataloga como tal.

Tal vez por esto mismo surge este fenómeno del rechazo a las víctimas. Ninguna queremos vernos en ese lugar que nos han enseñado como estanco y hemos preferido autoengañarnos diluyendo así la conciencia de estar siendo violentadas, y como consecuencia, paralizamos la autodefensa.

No queremos ser llamadas “víctimas”. Nos evoca autocompasión, tal vez personajes risibles de telenovelas y radioteatros antiguos y modernos. Nos hace pensar en nuestras madres y abuelas, a las que tal vez hemos despreciado y/u odiado de cuando en cuando. Preferimos ser como nuestro padre, un espíritu inteligente, creativo, libre y reconocido. Tantas nos hicimos feministas, libertarias, guerrilleras, fuertes, para eso, para no ser ellas: las víctimas.

Queremos alejarnos lo más posible de las víctimas y como no contamos con lógicas que no sean dicotómicas,  cuando lo hacemos, nos acercamos demasiado a los victimarios. Las víctimas comienzan a provocarnos burla, indiferencia, desprecio. Creemos que las víctimas no pueden ser dignas, buenas estrategas, fuertes, rebeldes. Reconocemos, con la dicotomía colonial que nos caracteriza, sólo un lugar estanco para la víctima, una imagen congelada: disminuida, avergonzada, temerosa, confusa. Nada que se le parezca a las que queremos ser (ni a la que realmente somos). La dificultad para ver los procesos que nos inocularon desde Occidente desarrolló una mirada insuficiente, básica e ignorante.

Las vivencias no son lugares estancos, son procesos. La víctima también se defiende, se enfrenta, planea, arma y desarma estrategias, sobrevive cuando lo logra; se alivia y fortalece, denuncia. La víctima también devuelve el golpe, se parapeta, planifica atentados, se encapucha, tira piedras, planea su liberación, se violenta. Cuando calla en cambio, se debilita. No podemos desanimar a las víctimas a reconocerse como tales, a gritar a los cuatros vientos y a publicar que están siendo violentadas; tampoco juzgar a las que se defienden o negar la autodefensa de las mujeres.

Ser víctima es una condición estructural en el sistema mundo que opera. No sólo por ser generizadas, sino también por ser clasificadas económica y socialmente, racializadas, heterosexualizadas. Y como toda condición construida, se puede fisurar, quebrantar, destruir y eso se hace de manera colectiva y feminista. No será el patriarca E$tado ni sus Gobiernos de turno, tampoco los gobiernos dirigidos por mujeres, comunistas, “negros”, “indios” u homosexuales, quienes “vengan a liberarnos”.

Si no destruimos la Colonialidad del Poder que subyace al sistema dominante no terminamos con la victimización de las hembras humanas y muchas otras hembras no humanas. Si no desarmamos al colonialista interno, si seguimos aspirando a la Civilización contra lo que consideramos “Salvajismo”, no haremos revoluciones.

Hablo de Violencia Estructural porque es vertebral, sostiene desde una columna sistémica una lógica asimétrica y dicotómica que segrega, estratifica, jerarquiza los territorios y los cuerpos que los habitan. Es una estructura que domina los cuerpos y la geografía.

La Dominación No es neutral, no es subjetiva, ha premeditado sus objetivos y produce un relato totalizante, cronológico, racializado, generizado, heterosexualizado del Saber y la Sexualidad, que parte desde un “salvajismo antinatural” a una civilización heteronormal. Es decir Civilizar es exterminar a la salvaje, borrar a las hembras y sus poderes.

Y en este contexto violento de por sí, las comunidades que se defienden se transforman -en el discurso institucional-, en terroristas, pandilleros, colocabombas, “peligrosos anárquicos veganos”, etc. y las mujeres en violentas quintralas… Es tal la sobreideologización, que la violencia estructural ha logrado que a las mujeres que se defienden, hasta las comunidades reprimidas, las clases explotadas, y los rebeldes a la heteronormatividad, sean capaces de señalarlas como “demasiado violentas”, malas mujeres, malas madres, malas esposas… y decretar: “Violencia Cruzada”.

La Violencia Estructural mantiene clases de seres y especies completas sometidas y depredadas. Los territorios se invaden, pueblos enteros se esclavizan, las migrantes negras, los hombres de color llegan a nuestros territorios también invadidos a barrer el metro rememorando la esclavitud del Norte.

Dentro de esta realidad que no ha mejorado, si no que se ha vuelto especialmente cruenta, se segrega particularmente a un tipo se ser humano, las hembras, para la reproducción, la producción y como fuerza de trabajo cotidiana y asalariada, más mal pagada que la peor pagada de los hombres pobres. Es este estado concreto de cosas el que hoy permite la Trata de Personas en el mundo, el Femicidio, la División Sexual del Trabajo, la acumulación neoliberal.

Esta estructura se desarrolla y profundiza en las culturas locales por la complicidad de género de varones invadidos con varones invasores, por el cohecho que sacan de todo esto las burguesías locales y por la indiferencia de demasiadas mujeres blancas occidentales ante el genocidio contra indios, indias, negros, negras y champurria. Por otra parte desde nuestros territorios la indiferencia e ignorancia ante la Trata de mujeres blancas de países de Europa del Este actualmente, es sobrecogedoramente xenofóbica y racista.

Esclavitud: Neoliberalismo y Colonialismo

La Violencia Estructural reedita -y más vigente que nunca- el Intercambio de Mujeres.

La que llaman PROSTITUCIÓN y COMERCIO SEXUAL es EXPLOTACIÓN SEXUAL e Intercambio de Mujeres común y normalizado.

En ese mercado las mujeres y “sus productos”: niñas y niños, son mercancía que se intercambia sin nada de intervención de la propia persona intercambiada. La mujer en Trata está raptada, incluso sin estar drogada, amarrada o encadenada. El medio que le rodea es tan adverso y normaliza a tal punto este intercambio, que la mujer percibe que no hay escapatoria.

Lo mismo hemos sentido las mujeres y niñas que hemos sido detenidas o encarceladas en dictaduras, lo mismo hemos sentido en situaciones de violencia cotidiana y particular de parte de un marido, conviviente, padre, padrastro, novio, caficho... La percepción de que no hay más escape que morir y matar no es ajeno a las millones de niñas y mujeres que viven violencia hoy y no están en la Trata. Muchas se defienden. Y no hablo simbólicamente. Defenderse es devolver el golpe, emboscar y hasta matar. La esclavitud estructural de las hembras está tanto afuera de la Trata, como dentro de ella.
  • Las personas intercambiadas son generizadas, definidas mujeres, niñas, niños, tal vez transgéneras por sus cuerpos, apariencias y especialmente por su genitalidad: es el CUERPO el que se Intercambia.
  • Son clasificadas socialmente como pobres, necesitadas, gente que no será reclamada, gente que vivía junto a otra gente sin nada o escaso poder: es la BIOGRAFÍA de Clase la que lo facilita.
  • Son racializadas; pertenecen a territorios determinados, muchas veces a geografías devastadas por guerras, guerrillas, invasiones, caídas de sistemas políticos, etc.: es el TERRITORIO el que se rapta para la Trata.
La MEMORIA de todas las mujeres se ha borrado. Tanto de las que están en la Trata como de las que no lo estamos. Por eso no hemos enhebrado lo suficiente los acontecimientos y las prácticas en el desarrollo de la Historia de las Mujeres.  Si lo hiciéramos no sonaría como una rareza (“contra-revolucionaria” para algunos y sus camaradas mujeres), hablar de una Clase Mujeres.

No hemos tirado una línea directa entre la Historia ancestral de la Mujeres y la actual, por eso no logramos ver que el Intercambio de Mujeres que Levi Strauss visibilizó –sin demasiados cuestionamientos- se actualizó: la Historia de Dominación de las Mujeres continúa y toma nuevas maneras de expresarse.

La Clase Masculina

Las mujeres y niñas que viven violencia cotidiana fuera de la industria de la Trata, también son generizadas, territorializadas, heterosexualizadas y clasificadas por clase.

Una niña en un sector rural será aún más vulnerable al agresor que una niña en la ciudad; también será distinto el acceso y el trato que tendrá en las instituciones del “circuito de protección” una mujer analfabeta, analfabeta por desuso, adicta o alcohólica, que una mujer menos empobrecida, que ha logrado el acceso a instituciones como la Educación Superior.

Las mujeres y niñas también son racializadas. En este punto, hemos oído muchas veces discursos-explicaciones-justificaciones anti-éticas en derechas como en izquierdas que afirman sin complejos que diversas situaciones de violencia coincidirían “con la cultura local o popular” y que ese sería “su estilo” de relación, lo que al parecer en esa comprensión, haría tolerable, menos dolorosa y no denunciable la violencia vivida.

Es decir para izquierdas y derechas la violencia contra las mujeres muchas veces queda reducida a “cultura”, “tradición”, “usos y costumbres”.

Hemos escuchado, no una, si no muchas veces que los matrimonios de niñas con adultos, que las lapidaciones, que la extracción del clítoris, que las violaciones masivas a mujeres de pueblos en guerra, que la obligatoriedad de parir, son Cultura. También nos han querido convencer que el sufrimiento de los varones del proletariado no sólo explica si no justifica sus actos de violencia, acoso y presión contra las mujeres y las niñas; o que las mujeres y niñas “sufren tanto” cuando abortan, que “lo mejor para ellas” es que se queden con el embarazo que rechazan.

Los subterfugios de la Clase Masculina están presentes también en los varones con menos poder, en los más pobres, en los invadidos, en los homosexuales, en los sometidos a otros hombres.

¿Qué defienden ellos? A menudo se subraya desde las izquierdas que los hombres explotados “no tienen nada que perder”, pero al parecer sí lo tienen. Lo único que les queda y lo último que pierden son sus privilegios de Clase Masculina. Aunque estén en el último y más bajo escalón de la pirámide si algo les queda, es el poder jerárquico de varones. Eso les queda y eso defienden: sus intereses de una Clase transclase, una Clase que traspasa posición, condición, situación social y hasta territorio. Una Clase dada por un cuerpo particular con atributos y carencias determinadas como la de la reproducción. Una Clase que ha construido una memoria negando otras memorias y en las que siempre son los varones los héroes, los explotados y los revolucionarios dignos de imitación y adulación.

Trata Humana

Es importante subrayar para quienes dicen y creen que las mujeres “han avanzado tanto” que la Trata Humana en pleno siglo 21 articula el Trabajo Forzado y el sexo con la Colonialidad del Poder. Es una fórmula perfecta y muy actual.

Hay 28 millones de esclavas y esclavos en el mundo que son usados para:
  • Trabajo forzoso
  • Esclavitud sexual
  • Tráfico de órganos
(Es lo que se sabe).

Hay 1 millón 500 mil esclavas sexuales. Son mujeres, niñas, niños, tal vez personas intersexuales. Dicen que este negocio puede llegar a dar US$ 35 mil millones de dólares anuales, que es un NEGOCIO menor que el del Tráfico de Drogas, pero MÁS RENTABLE PORQUE:

1.    LA MUJERES NO SE CULTIVAN
2.    UNA SOLA MUJER SE USA MUCHAS VECES
3.    UNA NIÑA DE 16 AÑOS YA HA SIDO VIOLADA POR 100 HOMBRES

La fuente de este análisis es KARA SIDDARTH y su libro: “Tráfico Sexual: El Negocio de la Esclavitud Moderna” (ver bibliografía).

También, el Informe "Esperanzas traicionadas: el tráfico de mujeres y niñas a Bosnia y Herzegovina para la prostitución forzada", de 75 páginas, que fue hecho en 3 años de investigación por Human Rights Watch** y devela que:

1.    Aproximadamente 2.000 mujeres y niñas fueron vendidas en Europa del Este en precios de entre us$ 695 y us$ 2.315 dólares. Mujeres de Moldavia, Rumania, Ucrania, Rusia (generizadas, heterosexualizadas y racializadas, clasistamente).

2.    La Policía Internacional de la ONU en Bosnia ha facilitado –y probablemente facilita-  el tráfico de mujeres: La Misión Internacional de las Naciones Unidas en Bosnia y Herzegovina y sus agentes son cómplices de la Trata Humana:
  • Falsificaron documentos
  • Patrocinaron burdeles
  • A veces -¿Cuántas veces?- tienen participación directa en el tráfico.
  • Visitan clubes nocturnos como clientes o exigen que les lleven esclavas sexuales a sus casas
  • Manipularon testigos
  • Compraron mujeres y sus pasaportes.
Se dice en el Informe mencionado que los agentes culpables fueron repatriados, pero no procesados en Bosnia y Herzegovina. 18 agentes de su policía internacional habrían sido repatriados por su "mala conducta sexual". Así le llama el informe de Human Rights: “mala conducta” como si fuese un acto colegial que merece una simple amonestación.

Aunque trabajadoras y trabajadores de las instituciones de Derechos Humanos develen el horror que se produce desde las propias instituciones, aunque sea aceptado que lo informen ante la inevitabilidad de los hechos que notoriamente salen a la luz, el lenguaje de los informes es el lenguaje de los informes, establecido y elaborado para no reconocer ni dimensionar que el contexto de la Esclavitud Humana son los territorios y el uso de los cuerpos según sexo-género, raza y clase.

La Trata Humana es un fenómeno estructural y no local, y se relaciona con la Migrancia en el mundo, muchas mujeres que escapaban de la pobreza o las guerras y guerrillas, fueron atrapadas por la Industria de la Trata. La gente debe desplazarse de sus territorios por hambre, desocupación, falta de oportunidades y fuego cruzado. Esto es Estructural.

La Migrancia también es generizada y tampoco es neutral. Son más las mujeres inmigrantes que los hombres. Ellas, según informes internacionales, predominan en flujos migratorios hacia países que favorecen el asentamiento permanente –mientras que los hombres, hacia países que favorecen la inmigración laboral-. El año 2000 casi el 51% de todos los inmigrantes en el mundo “desarrollado” y el 46% en los llamados “en vías de desarrollo”, eran mujeres. Y la mitad de quienes emigran desde los países del continente americano, son mujeres. Es género, raza y clase.

La violencia generizada en los territorios más diversos no es categorizable y mejor que no lo sea porque categorizar es colonial.

Es fundamental sí, entender que no puede reducirse la violencia generizada y el femicidio a hechos individuales, ya que sucede colectivamente en Colombia, Irak, Sudán, Chechenia, Nepal, Afganistán, Congo, otros países de África y países árabes; sucede en guerras y guerrillas, en dictaduras como la fascista de Pinochet que promovió la Dere$ha $hilena, y en regímenes religiosos diversos.

La violación, la mutilación, los abortos forzosos por ejemplo son un arma contra el enemigo y otra manera generizada, heterosexualizada y racializada de Dominación es que los E$tados de Dere$ho como el que hay en Chile, nos obliguen a parir.

El tiempo de las mujeres es un tiempo de Clase

Hay un tiempo que sólo se le adjudica a la Clase Mujeres. Creo como las feministas materialistas que las Mujeres somos una Clase. Y la estratificación y jerarquización de los Tiempos de Trabajo, como el sometimiento femenino a los tiempos de trabajo impago, también lo confirman.

En Chile, un Estudio de la Corporación Domos, el SERNAM y la Universidad Bolivariana hecho en 2008, concluyó que las mujeres  trabajan en trabajos gratuitos, no pagados, durante 6,3 horas de su día, mientras que los hombres, trabajan sin paga sólo 2,5 horas de su jornada.

A partir de esto el Estudio infiere que sólo en la RM, el trabajo sin paga de las mujeres, aporta US$ 17 mil millones (de dólares) a la economía chilena de esta Región (RM), es decir, el 26% del Producto Interno Bruto (PIB).

Así, casi el 70 por ciento (el 69%) del todo el trabajo NO Remunerado que requiere nuestra sociedad, lo hacemos las mujeres. Eso quiere decir que en una estimación de un día laboral, a una mujer le quedarían 40 minutos para la recreación, el ocio, el desarrollo propio y la creatividad, mientras que a un hombre también empobrecido, le quedarían 4 horas -media jornada de trabajo- libres, para todo eso.  Hice un dibujo esquemático para entenderlo.



No hablo de “compartir tareas”. Espero que nadie entienda que imagino siquiera transacciones familiares, matrimoniales e individuales de  tiempo y trabajo; tampoco estoy pensando en “salarios para la amas de casa”.

Constato la realidad social de una Clase de seres humanos triplemente explotadas y empobrecidas:
  • por las patronales y su Economía Neoliberal del Trabajo Asalariado que es un fenómeno de Clase en el aspecto más clásico,
  • por el E$tado que aprovecha una porción importante del PIB gracias al trabajo femenino que no retribuye,
  • y por la Clase Masculina que entre muchos otros privilegios, obtiene cuatro horas libres en la base de más de 6 horas de trabajo sin paga alguna de las mujeres.
A las mujeres, a partir de nuestra situación y condición, a partir de la clase que ocupamos, se nos deteriora la salud, el cuerpo en general, se nos reducen los tiempos y las posibilidades de desarrollo. En un país donde ya somos pobres las mayorías, las mujeres somos empobrecidas aún más en tiempos, placer y espacios para la creación.

El techo para las mujeres está por debajo del techo económico de los hombres siempre. En el caso de Chile debemos tomar en cuenta entonces que el 10% más rico de los habitantes, se lleva el 40,2% de los ingresos totales del país (en 2006 se llevaba el 38,6%); y el 10% más pobre se lleva solamente el 0,9% de los ingresos totales del país (en 2006 se llevaba el 1,2%). Así, el 10% más rico de la población tiene ingresos 46,2 veces superiores a los del 10% más pobre. Mientras en la Encuesta Casen –de Caracterización Socioeconómica Nacional- 2006, la relación era 31,3 veces. Esto quiere decir que entre 2006 y 2008, los ingresos de los más ricos crecieron un 9,1% mientras los de los más pobres no alcanzan los 2 puntos de crecimiento (sólo 1,8 veces).

Las cifras más nuevas, de 2011, confirman todo lo dicho y agregan que Chile (que escribo a menudo como “$hile” con signo pesos) tiene más multimillonarios que países como Suiza, Austria, Dinamarca, Holanda, Noruega y Finlandia. Además en comparación con los países que cuentan con mediciones, el 1 % más rico se lleva el mayor porcentaje de la renta nacional. En contraste, el 75 % de los trabajadores y trabajadoras ganamos menos de US$ 1000 (dólares), mientras los gastos cotidianos, familiares y personales superan esa cifra y nos obligan a estar apresadas por los créditos que a menudo provocan desastres familiares en lo económico, de los que muchas no llegan a recuperarse jamás pues los intereses suben diariamente.

En esta realidad, las mujeres sumamos pobrezas: el cuerpo arrebatado, la maternidad obligatoria, la memoria borrada, la identidad desfigurada.

Por un feminismo champurria

La experiencia a menudo escapa a las descripciones. El lenguaje no basta.

La experiencia concreta y material es más amplia y profunda que los símbolos e ideas sobre algo. Los símbolos surgen como una construcción social a partir de un devenir de seres que tienen experiencias materiales, Y  NO AL REVÉS. No me parece que el lenguaje crea realidad; tampoco la modifica, la puede visibilizar y también invisibilizar y negar. EL LENGUAJE NO ALCANZA PARA los recovecos y sinuosidades del hacer en la biografía y la geografía de los cuerpos.

Así en este carnaval de generismo, la violencia doméstica y sexual mutó a violencia contra las mujeres; la institucionalizaron como “violencia intrafamiliar” (VIF), y le han llamado – le llaman- “De género”.

Es verdad, sin duda, es doméstica y sexual. Es Violencia contra las mujeres, claramente. Pero ”Intrafamiliar” y “De género”, son definiciones que no toman en cuenta para nada la correlación del Poder Colonial sobre las “mujeres” como clase, ni el ejercicio del Poder de la Clase Masculina en nuestras sociedades, remedos de occidente.

Con el tiempo, viviendo violencia y trabajando con mujeres que la vivían y la denunciaban, varias compañeras nos fuimos dando cuenta que se quedaba corto aquello de Violencia doméstica y sexual, y que Contra las Mujeres nombra a “alguien” universalmente generizada: una mujer blanca, occidental, pequeñoburguesa, educada, liberada y moderna. Una MUJER particular y distinta a las que somos. No somos la mujer occidental –sabiendo que “ella” tampoco es una existencia universal-. Pero se hace aún más claro que no lo somos por la indiferencia que muestran nuestras comunidades en relación a la violencia contra nosotras.

Es una indiferencia pragmática -no discursiva porque reconozco que los discursos han evolucionado-. En las vivencias materiales, descubrimos que nosotras estamos para servirles, parirles y tolerarles, y si no lo hacemos es “motivo justificado” de violencia; y si nos defendemos es “Violencia Cruzada”.

Nuestras comunidades no nos compadecen, es decir, no padecen con nosotras, porque, al parecer, las mujeres de color estamos para “el aguante”.

En las calles de nuestras ciudades, en los caminos rurales de nuestros territorios, en la atención en empresas e instituciones, esta vivencia: “el aguante”, es muy clara. Estamos descartadas para la fragilidad, para ofendernos, negarnos a esperar, enrabiarnos con los malos tratos. Y es que somos las salvajes invadidas, una casta inferior.

Mientras los varones de estos territorios se han civilizado bastante y los que no, “al menos son hombres”; mientras las mujeres criollas –aquellas que se construyen desde sus ancestros europeos- también se muestran como damas sigilosas, dignas y merecedoras de respeto, nosotras somos “maleducadas”, “ignorantes”, “insistentes”. Hemos permanecido como “la mona que aunque se vista de seda, mona se queda”. Y no es malo. A nosotras, por la vivencia del desprecio cotidiano y por el colonialismo interno que padecemos, tantas veces, nos parece algo negativo, una debilidad. Porque contemplamos como nuestras hijas, nuestras hermanas jóvenes, salen de casa a trabajar a las empresas que las emplean, vestidas de damas, uniformadas a menudo y ellas parecen más civilizadas. Igualmente, somos inteligentes, sabemos que es una puesta en escena social. Pero muchas veces sufrimos las consecuencias de la falta de conciencia de esto. El traje de tienda, la figura esforzada por verse alta y esbelta, el blanqueado de la piel, el lenguaje cortés, que parecían meras estrategias, se transforman, a menudo, en un sentido en sí mismas, y la que no tiene edad y belleza suficientemente occidental para vestir así, no es esbelta, alta, ni parece blanca y no logra hablar de manera occidental, debe tolerar el desprecio de sus propias hermanas de clase, de sus propias hijas, al otro lado del mesón del Banco, la telefónica, la empresa de Luz o de Agua, cuando va a pagar o a reclamar por los abusos; también se queda parada impotente en la recepción del Hospital, la Urgencia, el Municipio, La Oficina de la Mujer u otra institución cuando necesita apoyo del mismo E$tado que aprovecha su trabajo cotidiano impago.

Si bien es cierto que la vivencia de opresiones es abundante, también lo es que las resistencias y rebeldías que oponemos van a la par. Y por eso creo que asumir una conciencia no arribista ni desclasada de ser unas salvajes y la fortaleza que ello aportaría a las identidades que construimos, puede constituir un poder inmenso en sí mismo. Propongo autocomprendernos y gozarnos como una Clase que puede autoliberarse.  

Somos champurria es decir mestizas y ser mestizas no es “no ser nada”, como me han subrayado algunas lamngen mapuche. Vivencio que ser mestiza es una identidad con memoria y la posibilidad de descubrir a las que nos han precedido en nosotras; a mí me ha servido para desarmar un poco más, la misoginia que nos envenena a menudo y nos hace odiar a nuestras madres y abuelas, fuesen las fuesen, como fuesen, hallan hecho y pensado lo que fuese. Las que nos criaron, las que se fueron, aquellas a las que mataron por violencia machista, las que nos abandonaron, las que sin parirnos estuvieron y nos criaron… Como ellas, somos indias, negras, pobres, lesbianas, viejas, pobladoras, con pocos estudios, del campo, explotadas sexualmente, conservadoras y hasta reaccionarias, de culturas distintas y escasamente blancas, con creencias mezcladas.

Todo esto y mucho más que no conozco, somos, y sobre todo esto podemos construir -no el “empoderamiento”- si no el fortalecimiento de nosotras para la autodefensa, la autoliberación y la construcción de unas vivencias que sean las que realmente queremos vivir. La potencia de la alegría y el placer en nuestros cuerpos y emocionar, son fuerzas que sobreviven en nosotras y podemos desarrollarlas entre mujeres.

Así, vuelvo a subrayarle a las instituciones y a sus trabajadoras y trabajadores que hablar de “Violencia Cruzada” en esta realidad material, memorial y territorial, ofende nuestra inteligencia, pero sobre todo nos ofende a nosotras, a nuestras vivencias y a nuestra existencia histórica; a nuestra experiencia y a lo que hemos elaborado por años.

En la práctica, hablar de “Violencia Cruzada” es negligencia absoluta y negación de apoyo a las mujeres que viven violencia, como a las comunidades que viven violencia.

Afirmo que la $hilenidad y la “Patria” son racistas y por ello el E$tado $hileno ataca, allana, encarcela e inculpa a las comunidades mapuche como lo hace***. Así mismo, la denominación “Violencia Cruzada” es reafirmar la Dominación de las mujeres.

victoria aldunate, terapeuta y escritora lesbofeminista*

Referencias

* Este documento fue la base para una exposición en el seminario “Violencia estructural: análisis de sus consecuencias en la vida cotidiana”, al que fui convocada por el equipo del Centro de la Mujer de SERNAM, Servicio Nacional de la Mujer de la Comuna de San Carlos, en la Provincia de Ñuble, Región del Biobío el 13 de noviembre del presente año (2014), en el Centro Cultural de San Carlos. La exposición tocó sólo algunos puntos principales del texto y fue complementado con una presentación en Power Point titulada: Mujeres: Cuerpos Colonizados.
** CIMAC NOTICIAS. Periodismo con perspectiva de género. “No fueron procesados los policías internacionales implicados. Permiten agentes de la ONU venta de mujeres en Bosnia”. Carina Carriedo, 04/12/2002
*** Las ideas centrales de este texto fueron expuestas en el Seminario junto con una presentación de imágenes que denuncia la violencia de E$tado contra las mujeres kurdas, afganas y otras, contra las lesbianas en Sudáfrica y lo equipara a la violencia del E$tado $hileno contra las mujeres y las comunidades mapuche en el territorio de Wallmapu, institucionalizado como “Chile”.


Alguna bibliografía usada

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