2008-08-22 642 lecturas
Adolfo Castillo
especial para G80
Más allá de las municipales: una nueva transición
A medida que se aproximan las elecciones municipales a realizarse el próximo 26 de octubre, se produce un fenómeno político que tiende a subvertir el sentido del actual proceso electoral municipal, despojándolo de contenido y tornándolo en un evento de poca significación para quienes se mueven por el puro poder: se acerca veloz y dramáticamente la elección presidencial de diciembre de 2009, quedando en el pasado la contienda electoral que ha comenzado a tensionar la escena política nacional. Es similar al paso de un tren, que se aproxima ruidosa y velozmente y tras su fugaz y ensordecedora pasada, no deja sino un eco lejano y una figura de contornos difusos. Este fenómeno tiene un trasfondo cuya complejidad y trascendencia determinará el proceso de la política chilena de los próximos años o décadas. Vamos al asunto.
Desde la perspectiva del poder la elección municipal no tiene otra importancia que la de medir fuerzas entre actores políticos y proclamar la vigencia de sus idearios y adhesiones sociales. Poco parece importar la vida local y lo que se juega en la convivencia comunal. El fondo de la cuestión radica en el nuevo escenario que sacude a la Concertación de Partidos por la Democracia y que amenaza su continuidad como fuerza de gobierno tras casi dos décadas en el poder. Y se trata de un escenario catastrófico. Un estudio de Adimark-GfK, de julio de 2008, señaló que un 59.2 % de los entrevistados declaró que desaprueba como la Concertación está desarrollando su gobierno, y un 61.8% piensa lo mismo respecto de la oposición. Estas cifras fueron del 25% y 23.2 % respectivamente para los conglomerados citados en el mes de mayo pasado. Asimismo, solo un 24.8% se identifica con la Concertación y un 17.7 % con la Alianza, declarándose independientes un 46.1 %. Juntos Podemos suma un 11.4 de los que declaran adhesión. Dato a tener presente es que un 29.3 % de la población declara conocer a Chile Primero, al que un 51.7 % le pone entre 5 y 7 como nota, lo mismo que el Partido Regionalista de los Independientes, que conoce el 17.5 % de la población y un 49.2 % pone entre un 5 y un 7.
A nivel de las opciones presidenciales, Sebastián Piñera, de Renovación Nacional, sigue liderando sin contrapeso la carrera a La Moneda. La encuesta de junio del CEP señaló que si la elección fuera en diciembre de 2009, obtendría un 32 % de los votos, y Ricardo Lagos, un 19 %. Otras encuestas aumentan esta brecha que hacen aun más difícil remontar la distancia del candidato de Renovación Nacional. Por cierto otros candidatos que aparecen en carrera, como Frei e Insulza, mantienen posiciones marginales respecto de Piñera, que sólo confirman el declive de la Concertación.
En este cuadro se inscribe la crisis de la Concertación, que aparece dividida para la población, sin unidad, carente de un sentido histórico y envuelta en turbios hechos de corrupción como el que hoy sacude a CODELCO.
¿Qué esconde la crisis en la Concertación y las divisiones que han tenido lugar en el último tiempo? A modo de hipótesis, podemos señalar que lo que está en juego es el liderazgo del bloque político - cultural progresista que surja tras el desplome de la Concertación y esto tiene varios motivos que explican este proceso que aparece como inevitable:
1. La llegada al gobierno de una coalición de derecha marcará el término político y simbólico del fin de la transición a la democracia. Hasta ahora se habían propuesto diversas figuras para señalar cuando había acaecido ese proceso, pero mirando globalmente lo ocurrido en estos casi 20 años desde el 5 de octubre de 1988, lo que concluye es una épica que permitió a la Alianza Democrática y fragmentos del Movimiento Democrático Popular de la década de los ochenta, hacerse del poder y apoltronarse por años en los laureles de la “alegría ya viene”. La entrada de Piñera a La Moneda marcaría el cambio epocal y el cierre de un ciclo que comenzara hacia mediados de los años sesenta. Y todo cambio epocal trae aparejados otros fenómenos políticos. 2. El fin de la Concertación es a la vez el fin de un proyecto de democratización trunco, promesa que moldeó sus discursos desde 1988. Tras 20 años en el poder la Concertación deberá rendir cuentas al país de cuánta democracia, respeto a los derechos humanos, justicia social, igualdad, en suma, modificaciones al patrón de desarrollo heredado de la dictadura del General Pinochet, fue capaz de implementar. Chile subsiste con una democracia de espectadores, con un padrón electoral de adultos y adultos mayores, con sus pueblos originarios discriminados y reprimidos, los jóvenes estigmatizados, la crítica perseguida, el pluralismo de los medios limitado a grandes monopolios, la participación ciudadana, una quimera y que hablar de la desigualdad vergonzosa que se esconde detrás del la imagen Chile. 3. Con el fin de la Concertación llega a sus límites la generación política surgida en los tiempos del mundial del 62, de la revolución en libertad y de la Unidad Popular, que abogó por cambios estructurales y que concluyó abdicando de todo lo que predicó. Es un escenario catastrófico para la posibilidad de reencantar a quienes fueron sus seguidores y por cierto, de los jóvenes, sus principales adversarios. Esos jóvenes son la prueba irrefutable de cierre de ciclo que concluye. 4. El fin de la Concertación establece un nuevo marco para la formación de líderes que encabecen los nuevos procesos que exigirán a Chile situarse a las alturas de los cambios regionales y globales, de dar un salto de ser un país primario exportador a uno que genere conocimiento y valor a su producción, que no tema a la democracia ni a sus ciudadanos críticos que emergen y enriquecen su calidad.
Se acaba la transición, culmina una promesa democratizadora, una generación deja paso a nuevos liderazgos. Este es el punto que determina las tensiones hoy que lleva a las figuras históricas de la Concertación a definir su posición de cara al escenario que muestra sus contornos.
El centro del asunto, como se ha indicado, es la cuestión del liderazgo de los residuos político – sociales dispersos que queden en la orfandad de la post Concertación. Esa masa de desesperanzas, recuerdos, ansiedades, mirará por doquier para aferrarse a sus símbolos. A diferencia de lo que ocurrió con la diáspora brutal que generó la dictadura durante su gobierno, los exilios no se justificarán, ni habrá represiones, tampoco será necesaria una Vicaría de la Solidaridad. La política democrática habrá reestablecido su presencia en gloria y majestad. Seguramente se iniciará una nueva transición, una transición al Chile del siglo XXI, que demandará pactar condiciones entre vencedores y vencidos, asegurar condiciones dignas a quienes se alejen del Estado, y preparar los arreglos institucionales para los cambios.
¿Quién conducirá, coordinará o aglutinará las nuevas fuerzas que busquen proyectarse como alternativa de cambio para un nuevo Chile? Por cierto no serán las figuras de la Concertación, muchas de ellas prontas a jubilarse, ni tampoco quienes adolecieron de las condiciones para dar a la sociedad un país con mayores niveles de democracia, justicia social y sustentabilidad ambiental. Eso será el pasado. Es de esperar que no afloren fenómenos morbosos propios de las crisis orgánicas que se suceden con cambios políticos que se perciben como dramáticos. Todos esperamos que impere la cordura y el realismo político.
No es fácil identificar los contornos de un futuro político que se avecina velozmente, pero se percibe que será una amalgama de nuevos liderazgos gobernando, contradictorios en ocasiones, tensionados en otras, pero que asumirán las tareas que Chile espera y que ve olvidadas por sus actuales dirigentes. Ese mundo es un mundo posible. Cuanta transformación se alcanzará en el nuevo ciclo, anida en las nuevas generaciones y en quienes anhelan un cambio democrático. Adolfo Castillo Historiador, Cientista Político
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