2006-07-17 1022 lecturas
Tito Tricot
Especial para G-80
Argentina y el fantasma de los militares
En algún momento América Latina se vistió de uniforme y entonces todo cambió: volaron asustados los flamencos nortinos, el canto de las vizcachas se tornó triste y los luengos ríos eróticos que surcaban el vientre del continente simplemente se pusieron a llorar. Porque los militares, una vez más, hicieron lo que saben hacer mejor cuando se lo ordenan los que siempre ordenan a los militares: matar. Y así llegaron la tortura, los secuestros, las desapariciones, los asesinatos masivos y el más grande de los dolores al sentir que nos desgarraban el alma por el solo hecho de pensar distinto. Argentina se convirtió en un gigantesco campo de concentración donde se acabó el tango, porque el tango es popular; donde se terminó la risa, porque la risa es del pueblo. Todo acabó cuando llegaron los militares con su arrogancia asnal para aniquilar la esperanza de hombres, mujeres y niños que desconcertados por la refulgencia de las charreteras estallaron en mil pedazos amarantos. Era la guerra que llegó de improviso, con la fuerza incontenible del fuego arrebujando a cada argentino en una vaporización humeante de pólvora y horror que arrasó con los derechos de todos los humanos que osaron oponerse a la dictadura.
Y la dictadura fue cruel y cruenta, porque, aunque el país siempre supo de violencia y militares, tal vez nunca tocó la puerta en la madrugada de tantos argentinos para hacerlos desaparecer para siempre. Junto con ellos desaparecieron sueños, anhelos y, por sobre todo, la ingenuidad de una Argentina virgen violada sin contemplación por las fuerzas armadas que, como todos los violadores en serie, utilizaron la fuerza y abusaron del poder para instalar su propio poder. Duró una eternidad, como todas las pesadillas, hasta que el pueblo argentino desde la afrentada dignidad puso fin a la dictadura para que nunca más se enseñorearan en el país el terror y la angustia colectiva.
La arrogancia de las fuerzas armadas
Por lo mismo, cuando con ocasión de la celebración de la independencia argentina, un grupo de militares y simpatizantes de éstos se congregó en pleno centro de Buenos Aires para reivindicar la represión llevada cabo en los años setenta, se sintió nuevamente el clamor de los desaparecidos y el mundo se horrorizó ante semejante impudicia. ¿Cómo es posible que alguien tenga el descaro y el derecho a reivindicar el terrorismo de Estado que tanto sufrimiento causó? ¿Cómo es posible que después de transcurridos 30 años y con toda la información que se conoce de esos aciagos momentos de la historia argentina haya gente dispuesta a enorgullecerse de la guerra sucia?
No es solo increíble, sino que extremadamente peligroso y, por ello, es valorable la actitud del presidente Néstor Kirshner quien dispuso la baja del ejército de los oficiales en servicio activo que participaron en dicho acto público. No obstante, una vez más, en abierto desafío al gobierno, otros militares realizaron una acción reivindicatoria con motivo del acto de celebración del día del ejército en presencia del jefe de Estado. Pero no es solo un desafío y provocación al ejecutivo, sino que también a la sociedad en su conjunto, toda vez que la democracia - con todas sus obvias limitaciones - es patrimonio del coraje del pueblo y no solo de un grupo de personas. Entonces Kirshner les dejó claro que como presidente no tenía miedo y les exigía respeto a los derechos humanos. Esto fue hace casi dos meses, pero aún perdura en el aire el amargo sabor de un pasado que nadie quiere, excepto los nostálgicos de la guerra fría; todavía pervive la sensación de que algo no está bien en Argentina, pues mientras el gobierno elabora e intenta implementar una reforma a la ley de Defensa Nacional donde se limitan los poderes de las fuerzas armadas y se les asigna el rol de garantes de la defensa externa y no, como ocurrió en décadas pasadas, como garantes de la seguridad interior lo cual, como es sabido, devino en una conceptualización del enemigo interno que abarcó a toda la población y a toda la sociedad, los responsables de esta guerra se pavonean de sus crímenes.
Terminar con la ideología de la violencia
Pero la violencia o amenazas de violencia no provienen solo de lo militares y sus acólitos, sino que de otros agentes del Estado que han instaurado un clima de terror en las ciudades y pueblos argentinos, pero especialmente en la capital bonaerense. La represión policial y la política de “gatillo fácil” constituyen una agresión permanente a los segmentos sociales más pobres y a los barrios de la provincia de Buenos Aires. Las torturas, las ejecuciones, la represión carcelaria, las detenciones masivas, son reminiscentes de la época dictatorial, pero sin dictadura. Quizás no son los militares ataviados para la guerra, pero la muerte llega igual y duele igual. Es que, y lo demuestran las últimas acciones de los militares argentinos, lo más difícil de cualquier proceso transicional desde una dictadura a una democracia, es desmontar el aparataje ideológico y la mentalidad violenta internalizada por militares y civiles de derecha. La cultura de la muerte agenciada por la dictadura, y que tiene su correlato social en el temor generalizado de la población, no ha sido erradicada del todo en Argentina. Quizás no existen condiciones para la materialización de un nuevo golpe de Estado, tal vez pocos piensen en el surgimiento de otro régimen dictatorial, pero nadie puede subestimar lo sucedido en el mes de mayo, mes de la independencia y de la liberación, pero eclipsado por los fantasmas de los militares que, la verdad, son más reales de lo que parecen, pues en América Latina aún perviven los ricos y el odio de los ricos que son, que duda cabe, los que dan las ordenes a los militares.
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