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2007-03-13
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Adolfo Castillo
especial para G-80

Hacia un nuevo realismo político

Llegó a formar parte del pensamiento político de Guerra Fría la creencia que la realidad -en ocasiones o sino siempre- estaba equivocada, que los datos que la analizaban no se correlacionaban adecuadamente con los planteos teóricos de las ideologías desde donde se la observaba. Más precisamente, tendía a pensarse que la realidad estaba equivocada. La fábula del “Zorro y las uvas” constituyó un buen argumento para poner en evidencia una forma de comprender la sociedad y, particularmente, el rol de la política en ella.

Aun cuando esta inclinación del pensamiento se asoció estrechamente a la izquierda política del siglo XX, no fue, en rigor, un atributo propio de ella, y más bien se debe asentir en que formó parte de la arquitectura mental del paradigma moderno en que se desenvolvieron las corrientes del pensamiento occidental. El orden moderno es un orden pretendidamente racional que se origina en el desarrollo de las ciencias físico –matemáticas, donde las ciencias sociales son sus extensiones aplicables al orden humano. El pensamiento social y político, en consecuencia, ha buscado comprender la sociedad desde esa lógica. La caída de las doctrinas reduccionistas que trajo consigo el fin del viejo orden bipolar, supone el inicio de un proceso que lleva a su término una forma de pensar la sociedad, esto es, que es posible comandar sus cambios con arreglo a mi sola voluntad, a la vieja usanza, siguiendo el viejo realismo político.

Traigo al debate esta temática a la luz de los últimos estudios de opinión pública que de modo inexorable dan cuenta de una situación que parece importar poco a las instituciones políticas.

De acuerdo con la encuesta del CEP (Diciembre: 2006) un 46 % de la población opina no sentirse identificada con ninguno de los partidos políticos existentes en el país. La Segunda Encuesta Nacional de Opinión Pública de la Universidad Diego Portales -2006, arrojó para esta misma consulta, un 53.3%, cifra superior al 48.1 % del año 2005. Asimismo, según la encuesta del CEP, un 41 % de la población no se identifica con ningún bloque político de los existentes (Concertación, Alianza, Juntos Podemos), cifra que se eleva a un 45,2 % en la encuesta de la UDP. Si estas cifras logran dar cuenta de percepciones transversales presentes en toda la sociedad chilena, entonces cabe preguntarnos sobre el significado que tiene y podría adoptar a futuro, donde cerca mitad de Chile sienta tal desapego de los partidos políticos. ¿Esta equivocada la población al no valorar las organizaciones políticas que las representan? Si se creyera que la democracia de la representación no es suficientemente comprendida por esa ciudadanía inconsciente, entonces se debería dar por equívoco el que sólo un 11.1 % de la población confíe en los partidos políticos. Qué decir del 59 % que opina que la corrupción está extendida. ¿Está equivocada la mayoría de la sociedad?

Lo mismo ocurre para un tema político no partidista como es la cuestión de la distribución de los ingresos. Para un 88 % de la población tal distribución en el país es “nada” o “poco” igualitaria” (UDP: 2006). ¿No habrá comprendido esa ciudadanía que la distribución del ingreso no es una cuestión subjetiva y que por tanto permanece en el error?

Es cierto que las respuestas individuales y colectivas que una sociedad da a cuestiones centrales en las que se asienta un orden social se relacionan con contextos históricos o climas mentales, sin embargo, tampoco podemos relativizarlas al punto de aceptar que constituyen sólo dilemas propios de la política, pues ello supone afirmar que las “uvas están verdes”, como lo creyó el Zorro en la vieja fábula.

Debemos inclinarnos a pensar que las evidencias brindadas por los estudios de opinión estarían indicando un proceso de ruptura subjetiva en la ciudadanía chilena respecto de ciertas certezas que la clase política y su viejo realismo no han querido ver. Las instituciones de la democracia adolecen de severos déficit de legitimidad, el modelo económico no genera la seguridad ni distribuye sus beneficios a todos por igual y está instalada una sospecha social que puede amenazar los cimientos que la sostienen.

Es hora de ir pensando en un nuevo realismo político, que asuma los datos de realidad, que sintonice con las demandas de la sociedad, que interprete y escuche los anhelos y temores de una ciudadanía que no logra comprender la brecha que la separa de quienes la gobiernan. Creer que las “uvas están verdes” equivale hoy a desestimar no sólo las voces de la sociedad, sino a la apertura de un nuevo ciclo político de sello constituyente.



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