2006-03-02 7017 lecturas
El galpón de los sueños ochenteros revive en un libro
GARAGE MATUCANA
Fue epicentro del movimiento de vanguardia cultural por esos años, motor de fiestas, tocatas, actos políticos y performances. La puerta de Matucana 19 se cerró poco después de la llegada de la democracia, y en Garage internacional Jordi Lloret desentierra sus principales hitos.
Este gigante de sangre catalana que camina por Providencia levemente inclinado hacia adelante, con el pelo oscuro balanceándose en sincronía con sus pasos, podría ser el personaje de un cuento. Corrección: este gigante de sangre catalana que parece un árbol en movimiento, o una montaña, sí es el personaje de un cuento.
Érase una vez un pequeño país en el fin del mundo, un pueblo asustado, una dictadura. Érase los años 80 en Santiago, y un joven haciendo experimentos culturales en su galpón, conocido como Garage Matucana. El gigante del que hablamos –Jordi Lloret, para efectos de esta historia- era el joven en cuestión.
Comenzó como un proyecto para ganarse la vida, tras un temprano exilio. Como un intento de Lloret –acaso subconsciente- de recuperar la sensación de barrio, como quien busca cobijo, serenidad y alegría en una casa inmersa entre rostros familiares. La vida de barrio como modo de resistencia contra la despersonalización, la solidaridad de los vecinos como complot contra la delación, la resistencia como silencioso modo de erosión. “Como el oleaje”, dice quien administrara por años uno de los referentes obligados de la contracultura de vanguardia. Como buen hijo de catalán, el mar merodea todas sus conversaciones.
El vuelo de las luciérnagas
Por los días en los que Soda Stereo comenzaba a hacer furor entre los jóvenes, cuando los Electrodomésticos nacían, también en un barrio de Santiago, el Garage Internacional Matucana abría sus puertas, marcando una época con sus fiestas culturales, sus performances de mujeres hermosas, sus paredes de cal, el nacimiento del teatro del silencio y sus afiches izquierdo-vanguardistas. Hizo historia con su acto de solidaridad con los actores amenazados de muerte, cobijó a más de uno de los que huían de las sirenas verdes, organizó fiestas inovidables como ‘La Fiesta del Montón de Inscritos’, en el 88, cuya condición para entrar era el carnet del registro electoral, o la “Fiesta del Colon Irritable”, días antes del plebiscito. Todas esas vivencias están registradas en el libro que Lloret acaba de publicar, Garage Internacional, con ediciones La Calabaza del Diablo. Una colección de crónicas-recuerdos que sólo es encontrable en algunas librerías, como Metales Pesados, y que es, según el autor, ‘una provocación para la memoria’.
“Hubo albas impresionantes. Ver que amanecía, y que había 400 ó 500 personas bailando... te ibas a acostar feliz. Abrías después eso, y volaban las luciérnagas”, recuerda. El cierre de Matucana de 19 casi coincidió con el fin de la dictadura, y con el nacimiento del hijo del creador del proyecto. Fue, como dice él, un ‘fincipio’.
-En dos partes del texto hablas del libro como una novela, aunque en rigor no es una novela. ¿Qué es? ¿Un ejercicio de nostalgia? -Es una novela. Una novela que viene desde la poesía, con una mínima estructura, que es lo aleatorio del recuerdo. Es, también, un costillar de crónicas, donde la columna vertebral es la poesía, y las canciones –que son también los títulos de las crónicas-gatillan el recuerdo.
-Vas contando la historia a través de momentos, y eligiendo para ellos ‘clásicos’ de la época. Sí. La vida se hace de momentos y la música es parte de la memoria. Son temas inmortales, y Matucana –siento- es un espíritu vivo. A esa historia, tú le vas poniendo tus propios recuerdos.
¿Siempre tuviste claro que en ese lugar querías hacer un espacio cultural? - En algún momento lo pensé, pero en realidad empezó como un proyecto para ganarme la vida, con seis meses de arriendo de mesas de ping pong. Quería retomar una cosa de barrio.
-O sea que jamás te imaginaste el alcance que iba a tener. -No. Sí creí que iba a incidir, pero no pensé que se podía producir esa mezcla de cosas entretenidas.
-Sin embargo se convirtió en un baluarte cultural alternativo y joven -Era una cosa de autoafirmación personal y colectiva, obviamente contra la dictadura. Fue el mismo barrio el que modeló al Garage. Uno decía ¿por qué no hacemos un mural?, otro contaba que un grupo no tenía dónde ensayar, y así se fue componiendo un mosaico de cosas diversas, un mestizaje. Un día hicimos “El caso Matucana”, casi como una broma policial. Una pasa una película, otro pinta un cuadro, el grupo que ensaya toca y luego fiesta, porque teníamos un cassette de Soda, o Sumo. Fue dándose, se corrió la voz; fue como un avance con tincadas.
Cuando fue creciendo en importancia el Garage Matucana, generando convocatoria, ustedes se van convirtiendo en gente peligrosa para la dictadura. ¿Tuviste problemas? Bueno, los pacos entraban a veces, y había sapos, y teléfonos intervenidos. A veces sentía miedo, pero yo había estado preso antes, al inicio de la dictadura, con 17 años, y ya había vivido el peor miedo que se puede tener: estar en una mazmorra con tu torturador. Sin embargo, él también tenía miedo, y eso me reafirmaba. Decidí transformar la energía, no hacer tragedia.
-Y optaste por la resistencia pacífica, como Ghandi, pero con cultura. Sí. Me di cuenta de que eso era lo que me sanaba, militar en la transparencia, tener un lugar pintado de cal, con las puertas abiertas. Fue hermoso.
Los fincipios
-Estando adentro de ese proceso, tal vez no constataste en ese momento cuán importante era el lugar para el resto. ¿Cómo ha sido constatar que la historia de tu casa es la historia de muchos? - Fantástico. Es señal de que plantamos buenos árboles; cuando digo que Matucana está vivo es porque está vivo el Teatro del Silencio, que nació ahí, porque está Matucana 100, porque hay una biblioteca, porque hay un rumbo que se ha tomado, al menos en infraestructura. Hay gente que estaba ahí y que sigue trabajando, Pedro Lemebel, Ricardo Castro, Carlos Cabezas, Silvio Paredes, Roser Fort...
-Hay una serie de iniciativas que han intentado replicar lo que ustedes hicieron, como La Perrera. -Aprendimos bien, había otras iniciativas así en Barcelona y también en Chile –la Caja Negra, por ejemplo. Antonio Becerro, de La Perrera, trabajó conmigo. Es como un libro de Miller: ves 30 páginas áridas, pero encuentras, después una que es una maravilla.
-La sensación que tuve al terminar de leer tu libro es que cuando ganó el No, el 88, tú empezaste a intuir que se cerraba el Galpón. ¿Tuvieron que ver los dos hechos? -Sí, porque nosotros ayudamos de algún modo en ese proceso. Hicimos la “fiesta del montón de inscritos”, por ejemplo, en un momento en el que mucha gente de izquierda se resistía a eso. Era nuestra posibilidad pacífica y me siento orgulloso de haber participado en todo eso, de haber querido que mis hijos nacieran en una sociedad diferente de la que a mí y a mucha gente nos cortó la adolescencia, donde lo que dominaba era el miedo.
¿Cuál fue tu sensación al cerrarlo? La misma emoción que al abrirlo. Había cumplido con una etapa, producir una mezcla, un espacio en el que la gente perdió el miedo, se enamoró, bailó y evolucionó en su arte. Cuando cierras, igual que cuando abres, tienes una intuición. Es un fincipio. Las cosas son cíclicas, no hay pena. Si no tiras los dados no te pueden salir cuatro ases. Muchas veces nos salieron parejas de seis nomás, pero es parte de los altibajos. Es como las mareas.
Ximena Jara, www.elmostrador.cl
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